Marty era pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos. Sólo el esmalte de sus dos colmillitos de dientes de sable eran duros cual dos dagas de marfil.
Marty, un gato azul divino, entró en mi vida en septiembre de 2010. Fue un encuentro fortuito: andaba perdido a las puertas de la urbanización, cuando yo volvía del trabajo. Mi chico escuchó un maullido lastimero que extrañamente yo había pasado por alto, y en cuanto lo vi paramos el coche para ir a por él. Pobrecito, estaba delgadito como un estoque, lleno de calvas del estrés de sentirse perdido y desvalido, o a saber de qué más, y chillaba y chillaba sin estar seguro de querer ser rescatado por aquella desconocida que se le acercaba sin intenciones claras o ser dejado tranquilo con su miedo al lado de los cubos de basura apestosos. Se dejó coger sin oponer resistencia ni bufar ni hacer un mal gesto, haciendo bien pronto gala de su carácter dulce y afable, pero se asustó al verse dentro del coche y siguió maullando como un loquito, escalando por el asiento como si fuera un Tom Cruise felino en Misión Imposible e intentando escapar por la luna de atrás. Cuando bajamos en casa fue otra cosa. Se aferró a mi hombro como el loro de un pirata y yo me sentí feliz de haber encontrado por fin a otro Johnny.
Johnny, un gato atigrado enorme, fue el primer peludito que me trató como su mamá humana. Lo había criado a biberón desde pequeñito, y se transformó en un gato montés que, como buen perro de Pávlov, venía corriendo desde donde estuviera al sonido de "Johnny, el bibi". Era un espectáculo ver a semejante lince de salón perder la dignidad y maullar como un recién nacido por su dosis láctea. Cuando empezó a tomarlo, la botella era más grande que él; al año y medio, era cómico ver la botellita entre unas garras que ya daban miedo y que le doblaban en tamaño. Johnny desapareció tras su segundo celo. Cosas de machos... Aún me arrepiento de haberle reñido la primera vez que marcó la casa por dentro. No volví a verlo y lloré tanto su marcha que, al borde de la deshidratación y con el corazón encogido, entendí que la única cura para el drama era reincidir, y terminé adoptando y llenando el piso de pelos hasta que encontrara a otro gato mimoso.
Pero estábamos con Marty encaramado a mi hombro, mirando con recelo desde su nueva atalaya al resto de gatos que pululaban por la parcela. Mi suegra, incrédula de lo que veía, farfulló en su inglés con acento irlandés:
- Another cat? What do you want another cat for?
Pero Marty no iba a ser otro gato. Sería EL GATO. MI GATO. Todavía no se llamaba Marty, pero le quedaba poco. Aún con él en brazos, nos dimos cuenta de que el gris de su capa era prácticamente igual al gris martelé con el que acabábamos de pintar la puerta y las rejas. Y martelé nos llevó a Marty, y eso a Marty McFly, y así se quedó. Y cuatro años después haría honor al apellido, pero esa es otra parte futura de la película.
La veterinaria me dijo que estaba en perfecto estado de salud, pero que parecía un gato mandril, siempre con el culo al aire. Era verdad, siempre llevaba el rabito como dándote la bienvenida, bien tieso, con el culete sonriente y limpísimo. Pero no sólo eso, gracias a Marty, descubrí lo que era el priapismo. Marty tenía casi siempre fuera su pequeño y espinoso pene, y no por ponerse contento al verme. Como me auguró la veterinaria, se le fue pasando una vez que lo castré, y aquello quedó como una divertida y cochina etapa juvenil de mi peludito.
Sobre su edad aproximada, seguramente era de abril o principios de mayo de aquel año, así que, qué mejor fecha a elegir que haciendo un homenaje a los trabajadores del mundo: durante toda su vida, en casa celebramos el Primero de Mayo y el cumpleaños de Marty el mismo día.
Dos años estuvo en el campo desde que lo castré a principios de 2011. Dos años en los que mi semana era un no-sé-qué-qué-sé-yo hasta que el viernes por la noche llegaba al campo y comprobaba que mi gatito estaba allí y yo podía respirar tranquila. Marty no se había venido al piso porque ya teníamos dos niñas de cuatro patas, de las que ya os contaré sus historias en otros relatos, que también merecen ser protagonistas: Missy, la señoritinga negra que se sabía la reina de la casa; e Hipatia, aka Hippy, que era adorable a su manera, pero que resultó ser cuasi borderline.
Ocho patas soltando pelos eran demasiadas para mi chico... hasta que ocurrió lo casi inevitable cuando los peluditos andan sueltos. La castración lo libraba de peleas y las vacunas de enfermedades, pero nada podía prevenir que en alguno de sus paseos un coche le diera un golpe, comiera algo envenenado, lo lazara alguna trampa o se pinchara con algún hierro. Por suerte, fue lo último. Cuando llegamos a casa aquel día y comencé a llamarlo, pues había desarrollado la costumbre de irse a la parcela de enfrente a tomar el sol (no porque no hubiera sol en la nuestra, sino probablemente porque en aquella había menos chusma gatuna), vino como siempre, a saltitos felices con el rabito empinado, pero cojeando y con algo nuevo en su fisonomía: una de sus patas se había transformado en un jamón 5J, tal era su tamaño.
-Ahhh, Marty, ¿qué te ha pasado?
Ea, otro viaje de urgencia al veterinario del pueblo. Aún recuerdo su tranquilidad mientras la doctora le apretaba la pierna y por el agujero de la herida iban saliendo churros de plastilina amarilla y blanca. Puagh, menuda infección. Y menudo gato bueno. A Missy habrían tenido que anestesiarla con fentanilo para darle aquellos pellizcos sin rechistar.
Ese finde fuimos a comer al campo de unos amigos, y Marty se vino con nosotros atiborrado de antibióticos. Cuando lo soltamos por allí se asustó tanto que buscó refugio bajo un lavabo, escondido en una balda tras una toalla. No hubo manera de que saliera de allí en todo el día y parecía que sólo estuviera pendiente de si todos nos lavábamos las manos tras pasar por su nuevo apartamento.
Cuando llegamos con él al piso, yo ya sabía lo que iba a ocurrir: le dije a mi chico que Marty no volvería a salir de allí, que ya no sería más un gatito campero. Así fue. Y, para mi sorpresa, Missy y Hippy lo aceptaron como si lo conocieran de toda la vida. Es que era taaaan bueno...
Lo que no les gustó tanto fue que por su culpa tuvieran que comenzar a dormir en el lavadero, que era donde únicamente había una puerta de cristal que no podían arañar. Y es que con Marty no se podía dormir si él estaba en la cama, porque se pasaba toda la noche en la cara, ronroneando, y dejándote claro lo mucho que te quería. Pobrecito, la primera noche que se vio encerrado en el lavadero saltaba en vertical como un Harrier intentando alcanzar la ventana y chillando sin entender qué pasaba y verse encerrado. Aunque la sorpresa me la llevé yo al verlo aparecer de repente por el pasillo:
-¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo has salido?
Pues había alcanzado la ventana y, lo que me dejó asustada y boquiabierta: había salido por un mini espacio bajo la persiana, que había dejado llena de pelos, y había pasado a la ventana de la cocina, andando por un estrecho alféizar a siete pisos de altura. Ya apuntaba maneras: era tranquilo, pero no le tenía miedo a nada.
Pocas noches después, pensé que quizá el nombre ideal para el gato era Houdini. Volvió a aparecer por el pasillo, y esta vez todas las ventanas estaban cerradas... Pero Marty había aprendido a empujar la puerta corredera del lavadero, la hoja que no tenía seguro para evitar quedarnos encerrados. Desde entonces, la puerta tenía que quedar trabada con una escoba. En Alcatraz había menos medidas de seguridad que en ese lavadero.
Los meses transcurrieron con tranquilidad hasta que llegó el fatídico viernes 4 de julio de 2014. Yo estaba en el extranjero haciendo un curso con una amiga, y cuando llegué el domingo, noté que la ruta que cogíamos con el coche no llevaba a casa. Me entró pavor cuando vi que aparcábamos junto a una clínica veterinaria 24h. Bueno, al menos quería decir que el que fuera estaba vivo...
- ¿Cuál es, cuál es, cuál es? Preguntaba como una autómata de entrada a la clínica.
Era Marty, y no me querían decir qué le había pasado, porque mi chico quería contármelo personalmente en casa. Me quedé algo más tranquila cuando lo vi, aunque tenía la cara echada abajo, y salí bromeando con que al menos estaba descartado que se hubiera caído desde el séptimo, porque no hubiera sobrevivido... ¡pues vaya si sobrevivió!
El viernes, a la hora del desayuno, cuando los tres ya llevaban un rato libres por la casa, Missy y Hippy corrieron como siempre a comer, pero Marty no aparecía, algo bien raro a esa hora. Después de buscarlo por todas partes, especialmente dentro de los roperos, que le encantaban, a mi chico le dio una mala sensación y el miedo se apoderó de él... fue corriendo a la cocina para ver que la ventana estaba un poquito abierta... se asomó y allí al fondo vio su cuerpecito inmóvil. Presa del pánico, por Marty y por cómo me lo iba a explicar a mí, bajó todo lo rápido que pudo hasta el patio, y, para su alivio y sorpresa, cuando llegó se lo encontró sentado. Noqueado, pero sentado, y eso, obviamente, significaba que no había muerto. Pero no podía respirar. Lo cogió con todo el cuidado que pudo, lo metió en el coche, y se lo llevó a la clínica. Había sufrido un neumotórax y tenía que quedar ingresado. Aparte de eso, la cara se le quedó picassiana durante una temporada, le quedaron manchitas en un ojo, se le partió el tendón de una uña, y se acabó, ni un huesecito fracturado, ni un diente roto. Sus dos colmillos de draculín intactos. Era tan bueno que no quiso disgustarme demasiado a mi regreso.
Cuando llegamos a casa mi chico expulsó todas las emociones contenidas durante los dos días que habían pasado desde la caída y tuvo que escucharme decir que si el gato hubiera muerto no sabía yo si hubiéramos seguido juntos... las tonterías que te hacen decir los nervios... Los dos estábamos de acuerdo en que seguramente se fue volando detrás de alguna de las muchas tórtolas que por allí había por las mañanas, y que tuvo la suerte de contar con los tendederos que fueron amortiguando su caída. Desde aquel día, tuvimos un gatito paracaidista y cerradas todas las ventanas y persianas si los gatos estaban sueltos. La terraza dejó de ser practicable, me daba demasiado miedo.
Cuando Marty volvió a casa, la cosa no había terminado. No comía. Quizá sepáis que los gatos, si pierden el olfato, no comen, y parecía que él iba por ese camino. Se me ocurrió que sería imposible que le hiciera ascos a su comida favorita: los langostinos. Cada vez que compraba langostinos, yo acababa chupando las cabezas, y él comiéndose los cuerpos peladitos y a trocitos. Pues ni eso. Veía cómo se los pelaba y se ponía nervioso anticipando el festín, pero cuando los olía debían parecerles tan interesantes como el papel, y nada. Quizá también sepáis que un gatito no puede pasar mucho tiempo sin comer, porque se envenena con su propio hígado, así que la preocupación nos llevó de nuevo al vete. La solución fue un chute de suero a presión por su hociquillo. Funcionó maravillosamente, el coágulo de sangre que obstruía sus fosas nasales salió volando como Marty hacía unos días, y al llegar a casa devoró todo lo que se había perdido los días anteriores.
Siempre bromeamos con que mi chico había intentado deshacerse de él. Cuando me iba de viaje, le avisaba de que tuviera mucho cuidado, no fuera a salir volando de nuevo cuando yo faltara. Pero Marty nunca le guardó rencor. De hecho, creo que le agradecía que lo hubiera salvado, aunque ello hubiera implicado llevarlo a aquella clínica donde seguramente le hicieron cosas espantosas. Y los dos siguieron viendo juntos en el sofá películas en blanco y negro de los años 30 y 40.
Recuperado sin aparentes secuelas más allá del dedito sin uña retráctil, fueron pasando los años y, con ellos, las camisetas y pijamas llenas de agujeritos a la altura de los hombros, su lugar favorito en el mundo. Llevarlo en brazos a dormir mientras él se enganchaba en mi pijama y yo olía profundamente el delicioso aroma que desprendía era tan placentero y calmante.
Y llegó 2021 y con él el desastre. Mi enfermedad nos obligó a tenerlos prácticamente encerrados en una habitación durante año y medio. Marty fue el más afortunado, pues yo necesitaba de su compañía y lo sacábamos "a pasear" al salón de vez en cuando. Olía tan bien...
Pronto tras mi recuperación, el benjamín quedó solo. Primero se fue Hippy de forma inesperada; al mes tuvimos que dormir a Missy para evitarle más dolores. Era junio de 2023. Si Marty era mimoso de pequeño, de viejito era un peluche viviente y aficionado a darte topitas en la cara todo el tiempo. La artrosis no le dejaba saltar al sofá, ni apenas sentarse sin que le doliera, y estar en brazos era su actividad preferida. Se me caía la baba cuando lo veía subiendo la patita y moviéndola en el aire, como un perrito, pidiendo que lo cogiera, y cuando subía las dos patas para abrazarme. Y siempre hablando, porque Marty siempre fue un gato muy parlanchín, hasta el punto de que a veces hablaba más que yo y me volvía loca. ¡Más que yo! Ja, ja, ¿os podéis imaginar las largas conversaciones que tuvimos a lo largo de 14 años?
Poco a poco se fue apagando, aunque seguía tan guapo como siempre, con esos colmillos impropios en una cara tan dulce. Estaba malito de los riñones y en un control me dieron la mala noticia: aunque en la anterior analítica había mejorado, el empeoramiento en la última, debido a una infección en las encías, había sido considerable y el fallo era irreversible. Cuestión de días o un par de semanas, me dijeron, y se me rompió el corazón. Mi niño dejaría de estar en mi vida.
Rafael Narbona tiene escrito "Desconfío de las personas a las que no les gustan los perros, los gatos y, en general, los animales. Desprecio a los que afirman que los animales no tienen derechos, pues carecen de deberes". A mí no dejan de sorprenderme expresiones como "si es sólo un animal" o "cómo vas a comparar a un animal con una persona". Siguiendo con la postura del filósofo "El valor de una vida se mide por lo que aporta, y un perro o un gato aportan mucho más que un violador, un pederasta, un maltratador o un genocida. Pertenecer a la especie humana no acredita un valor intrínseco". Narbona también recupera palabras de Jane Goodall: ella sabía (y cualquiera que conviva con un animal lo sabe también) que no es posible “compartir tu vida con un perro o un gato y no saber perfectamente que los animales tienen personalidades, mentes y sentimientos”; y de Lamartine: “no tenemos dos corazones, uno para los animales y otro para los humanos. O se tiene un corazón o no se tiene”.
No hay amores de primera y amores de segunda: o se ama, o no se ama, y yo amaba a Marty.
Y llegó el día en el que tuve que decidirme. Llevaba meses durmiendo con él, oliéndolo, sintiendo su calorcito y su ronroneo, pero ya cada mañana amanecía peor y aquella del 28 de noviembre de 2024, su mirada me decía que no podía más. Y lo bajamos al vete, y lo tomé en brazos, y en mis brazos lo sedaron y en mis brazos se durmió para siempre. Sigo llorando por él. Justo escribo estas últimas líneas con una cascada de lágrimas. Unos días después de irse, soñé con él de manera tan vívida que pude olerlo como si hubiera estado en la cama junto a mí. Creo que fue su último beso felino, su última topita.
Marty, tú nos ves, ¿verdad? Marty, ¿verdad que tú nos ves? Sí, tú me ves. Y yo creo oír, sí, sí, yo oigo, endulzando todo el aire, tu tierno maullido lastimero.