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RELATOS DEL LIMBO
El blog de Margot Bemoles

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Una momia junto a Eva y otra momia tras Adán

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Por Margot | 3:28 PM CEST, Dom Agosto 09, 2026

El año anterior, en la fiesta de fin de curso, Sonia experimentó lo que a finales de los 70 del siglo XX se llamaba austeridad familiar y los psicólogos infantiles actuales consideran motivo de terapia futura. Mientras algunas compañeras y compañeros desfilaban por el patio del colegio con disfraces reconocibles de princesa, vaquero, monja o marinero (los trajes de primera comunión podían reciclarse con esmero, arte y salero), Sonia, con la inestimable ayuda de su madre, redefinió el concepto de realismo.
Aplicando una economía de guerra digna de la crisis del petróleo, mami decidió que gastar un duro en un disfraz para la niña que solo iba a servir para un día sería un derroche absoluto. Así que tiró de creatividad y el diseño final fue una obra cumbre del ingenio ibérico con unas ropas y accesorios de diario: una falda de cuadros rojos, verdes y azules que igual valía para ir a comprar el pan que para vestir la mesa de camilla, un delantal de algodón estratégicamente colocado para ocultar cualquier rastro de dignidad y, como broche de oro y complemento estrella, el plumero de limpiar el polvo bien plantado en la mano. También le cubrió el pelo con un pañuelo, pero nadie se fijaba en eso a la vista de la falda tricolor.
Sonia terminó disfrazada de "asistenta del hogar" en pleno auge del destape, pero en versión infantil y sin pizca de gracia. ¿El resultado? No, no fue un éxito espectacular o clamoroso. Mientras las demás niñas soñaban con el futuro, Sonia se había quedado atrapada en el NO-DO, y acumuló una frustración que pensaba que no conseguiría curar jamás.
Al curso siguiente, el colegio, en un arrebato de modernidad posfranquista, decidió apuntarse a la moda de los carnavales. A Sonia se le heló la sangre: el fantasma del plumero y el delantal aún la perseguía por los pasillos y era protagonista de sus peores pesadillas. Desesperada por salvaguardar el escaso orgullo que le quedaba, se plantó ante su madre con los ojos llorosos, suplicando que no la volviese a condenar al ostracismo social con otro de sus inventos de economía doméstica.
Fue entonces cuando entró en escena Adán, su hermano mayor. Adán era el artista de la familia, un título que en 1979 significaba que pintaba carpetas con el logo de Led Zeppelin y sabía hacer mecedoras con pinzas de la ropa que su tía Pepita, la del pueblo, lucía orgullosa en la mesita del salón, bajo una generosa capa de polvo. Con la superioridad intelectual que dan los quince años, Adán contempló el drama y sentenció:

- Déjamelo a mí, mamá. Yo la disfrazo por cuatro perras y va a quedar de cine.

Sonia, aliviada por el respaldo de su hermano el genio, respiró más tranquila, sin saber que estaba a punto de descubrir que el arte contemporáneo y el confort no van necesariamente de la mano. Adán, imbuido por el espíritu del cine de terror de serie B que adoraba, vio la luz, y a su hermana como doble de Boris Karloff. La disfrazaría de momia. Era una temática clásica pero poco explotada aún, daba miedo (muy de la época) y, lo mejor de todo, el presupuesto sería prácticamente cero. O eso pensaba él.
De entrada, Adán rechazó con desprecio el papel higiénico sugerido por su madre; un verdadero artista cuida la textura. Su visión requería vendas, muchas vendas. Pero cuando la madre volvió refunfuñando por el gasto en la farmacia de la esquina la tercera vez que Adán se quedó sin materia prima, al artista no le quedó otra que aceptar que esos rollos de gasa blanca bien podían cubrir sólo la capa de papel higiénico que cubriría a su vez la morena epidermis de su hermana. Porque Sonia no tenía leotardos blancos y no pudieron blanquear así sus piernas. Lamentablemente, sí contaba con el odioso jersey blanco de cuello vuelto del uniforme, que iría por debajo del entramado de gasas por arriba del trasero.
El plan, en teoría, era impecable. El problema fue la ejecución, ¿o alguien lo dudaba? En medio de la cocina, Adán empezó a enrollar con el entusiasmo de quien embalsama al mismísimo Tutankamón, pero pronto comprendió que tendría que afrontar algunas dificultades.
Los brazos no quedaron pegados al cuerpo —era un genio, pero no un sádico—, mas el diseño de momia modernista tenía sus propias torturas, ¡como el jodido jersey de cuello vuelto!  (Sonia ya odiaba por entonces los cuellos vueltos con toda su alma; los sentía como una lija térmica aunque estuviera en pleno mes de enero).
El verdadero drama vanguardista ocurrió por detrás. Adán, con la mala gestión de recursos propia de su edad, calculó fatal el metraje y se quedó sin vendas justo cuando llegó a las regiones del sur. Ante el desastre y la negativa de su madre a gastar un duro más, aplicó una solución muy cómica... para él: le precintó el trasero, de arriba a abajo, con cinta de carrocero. Como Sonia no tenía ojos en la nuca y el espejo del recibidor solo daba para un plano frontal, la niña se miró de cara y quedó absolutamente maravillada. Del trasero acartonado y amarillento que gritaba "paquete de Correos listo para su envío" sólo tenía una leve sospecha, pero como no lo veía, su corazón no sufría.
El cénit de la performance de Adán llegó con el maquillaje. Para rematar la textura milenaria macilenta, el artista decidió que la piel de Sonia debía lucir cadavérica y putrefacta. ¿Pinturas especiales para la piel? Eso era una mariconada burguesa que no existía en las tiendas de barrio. Adán sacó su estuche de acuarelas y con unas pinceladas de verde aguado, morado doloroso y marrón rancio, directas sobre los párpados y las mejillas de su ilusionada hermana, coronó su obra maestra. Hoy en día, a Adán lo habrían denunciado por intento de intoxicación con metales pesados y negligencia criminal, pero por entonces aquello era simplemente un lifting casero. Sonia salió a la calle radiante y lista para reinar en el Carnaval.
El primer subidón de adrenalina —y la confirmación de que su estatus social estaba a punto de cambiar— llegó nada más cruzar sola la verja del cole. Acostumbrada a que el año anterior la señalaran con el dedo mientras la chusma escolar le pedía que les limpiara los zapatos con el plumero, Sonia experimentó el dulce sabor del anonimato. Nadie, absolutamente nadie, parecía adivinar quién estaba debajo de aquel puñado de gasas mugrientas, papel higiénico y cara con color de autopsia. Ah, sí, y de aquel curioso trasero plastificado que seguramente tendría una explicación, o no. Los mismos compañeros que la habían ninguneado unos meses antes pasaban por su lado esquivándole la mirada, intimidados por lo que parecía el inquietante extra de una historia para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador. Sonia mantuvo el misterio con una dignidad regia hasta que vio a su grupo y soltó con voz de ultratumba y alzando los brazos:

- ¡Que soy yo, chiquillos!

Al reconocer su voz, sus amigos estallaron en vítores y carcajadas: el fantasma del plumero acababa de ser pulverizado por el éxito incontestable de la criatura de las pirámides.
Con la autoestima flotando a niveles estratosféricos, Sonia inició la búsqueda de Olga, su mejor amiga, alma gemela y confidente. Estaba ansiosa por ver con qué genialidad habría respondido la familia de artistas por antonomasia. Cuando por fin la divisó entre una horda de mosqueteros con los bigotes perfilados a base de lápiz de ojos, Sonia se quedó petrificada. La familia de Olga nunca defraudaba, y verdaderamente jugaba en otra liga. Y por lo que veía, una mucho más cercana a la revista Interviú que al cine de terror de serie B. Olga iba disfrazada de Eva, la del Paraíso, pero en una versión que desafiaba tanto a la censura escolar como a la neumonía bilateral. El atuendo consistía en un par de margaritas de plástico estratégicamente pegadas sobre los pezones y una braguita con sendas hojas de parra de fieltro verde por delante y por detrás. Sonia la contemplaba embelesada, asombrada por cómo su amiga podía lucir tan espectacular con tan poquísima tela, maravillada por su valor para desafiar la temperatura de febrero a cuerpo gentil, y, sobre todo, estupefacta por el nivel de tolerancia de su madre. Estaba claro que si Adán le hubiera propuesto a su santa madre que ella saliera a la calle vestida de aquella guisa, el bofetón que se habría llevado le hubiera hecho dar vueltas como un trompo.
El clímax de la jornada llegó durante el baile en el comedor, cuando el altavoz de la dirección carraspeó para anunciar los esperados premios del concurso de disfraces. El veredicto de los profesores fue de una justicia poética aplastante: tanto Sonia como Olga, cada una en su propio extremo del exhibicionismo, se alzaron con el triunfo:

- Por favor, que suban al estrado Eva y la momia.

El estallido de aplausos del público fue el bálsamo definitivo para el trauma de unos meses antes, y el momento en el escenario le dejó otra anécdota imborrable para su posteridad. Cuando el director, un señor encorbatado y visiblemente confundido por la vanguardista mezcla de acuarela y cinta de carrocero, le acercó el micrófono a Sonia, le preguntó con total solemnidad, arrancando las risas de los presentes:

- A ver, criatura, ¿tú eres niño o niña?

A Olga, que recogió su diploma casi temblando de frío justo a su lado, huelga decir que nadie tuvo que hacerle semejante pregunta aclaratoria; la anatomía infantil quedaba perfectamente registrada bajo el escueto disfraz.
Al salir del colegio, la comitiva triunfal —compuesta por la madre henchida de orgullo ahorrativo, Adán con ínfulas de modisto de alta costura, la hermana pequeña correteando y la propia Sonia todavía volando y andando tiesa como una verdadera momia— decidió hacer una parada estratégica en la tienda de materiales de construcción de su padre, que estaba a la vuelta de la esquina. El objetivo era evidente: que el patriarca contemplara la obra cumbre del ingenio familiar y participara de las mieles de un éxito que, para siempre, borraba la ignominia de la asistenta del hogar. Una ignominia que, a decir verdad, él jamás llegó a conocer, porque aquel día supuestamente se quedó haciendo un importantísimo inventario de sacos de cemento y porque, por razones obvias, nadie le contó tampoco.
Mientras esperaban a que el padre regresara de a saber dónde, Sonia se sentó felizmente a su mesa del despacho, todavía envuelta en sus gasas y su trasero acartonado por la cinta de pintor. Se puso a dibujar tan ricamente mientras charlaba con el dependiente, un muchacho jovial y simpático que escuchaba con genuino interés los detalles técnicos del maquillaje de acuarela. De pronto, la silueta del padre recortó la luz de la calle. A través de la luna del escaparate, Sonia vio cómo, al descubrirla dentro del negocio, la cara de su progenitor pasaba de una despreocupación feliz a una congestión sanguínea digna de un ictus. El hombre entró como un miura, con el corazón en la boca y vociferando, como, por otro lado, era su costumbre, absolutamente convencido de que a su hija mediana la acababan de sacar moribunda de debajo de las ruedas de un camión Pegaso. En su cabeza ignorante, las gasas, las manchas verdes y la palidez cadavérica solo podían significar una cosa: una carnicería vial de la que milagrosamente había sobrevivido.
Una vez que consiguieron calmarlo y le explicaron, entre risas y aspavientos, que aquello que veía frente a él no era más que un premio destacado del Carnaval del cole, el alivio del padre se transformó instantáneamente en furia incontenible. Fulminó a Adán con una mirada que habría derretido el wolframio y salió corriendo detrás de él con las manos extendidas hacia el frente para estrangularlo, en una estampa que, irónicamente, lo hacía parecer mucho más una momia cinematográfica que la propia Sonia. Cuando por fin le dio alcance y le endosó el correspondiente y reglamentario sopapo —ese impuesto revolucionario del que Adán, por el simple delito de ser el hermano mayor, jamás conseguía librarse y recibía casi con orgullo de primogénito—, el hombre se volvió hacia su esposa resoplando:

— ¡Tú también podrías haberte dignado a avisarme y evitarme el susto, mujer!


La madre, ni corta ni perezosa, se cruzó de brazos y le soltó el hachazo con la puntería de un francotirador:

— Y tú también podrías haberte planteado, aunque hubiera sido por una vez en tu vida, ir a ver algo de tus hijos al colegio. Que no todo lo demás puede ser siempre más importante que tu familia.

Tras el preceptivo cruce de reproches matrimoniales que ponía el broche de oro a la velada, bajaron la persiana metálica de la tienda, se subieron todos en el Seat 132 y enfilaron el camino de vuelta a casa.
Sentada en el asiento trasero, sobre su cojín plastificado, Sonia masticaba en silencio las palabras de su madre. Era una verdad como un templo: su padre jamás había pisado una función escolar, ni un partido, ni nada parecido de su prole. Tendrían que pasar más de cuarenta años para que Sonia, viendo la televisión del nuevo milenio, comprendiera por fin la raíz sociológica de aquella ausencia: ir a ver los disfraces de los niños y otros eventos infantiles sería, con total seguridad, alguna de esas cosas ridículas que, al igual que tender la ropa con pincitas o llevar el carrito de la compra, probablemente solo hicieran y hagan los hombres blandengues. El Fary dixit. 

La Momia, El Fary, hombre blandengue, disfraces, fiestas escolares

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