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RELATOS DEL LIMBO
El blog de Margot Bemoles

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Cinco caídas memorables de Dulce Golpe

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  • Cinco caídas memorables de Dulce Golpe
Por Margot | 7:20 PM CEST, Lun Julio 06, 2026


 

Pepe Leches, Pepe Leches... llevaba toda la vida oyendo hablar del susodicho, y en veinte años no había caído en la cuenta. Pero ese día, minutos antes de comenzar la clase de Macroeconomía, le acababa de decir a su compañero que veía menos que Pepe Leches, y la carcajada se le atragantó en la garganta y rompió como un trueno cuando la luz se hizo ante ella: ¡el bueno de Pepe Leches no heredó el mote de ninguna antigua dinastía de reconocidos maestros queseros ni de un antepasado amante de las vacas, sino de su asombrosa y casi magnética habilidad para tropezar todos los días de su vida con la misma piedra, la misma farola y la misma puerta!
Después de más de una docena de intentos de recuperar la compostura, consiguió controlar los espasmos y se secó las lágrimas, que para entonces estaban tornando en gotitas de nostalgia, al recordar lo cachondos que fueron sus padres al llamarla Dulce y hacer de ella una paradoja viviente. Su padre se apellidaba Golpe, de los Golpe de toda la vida, y Dulce desarrolló una especial querencia por el suelo.
El profesor ni siquiera había comenzado a hablar y Dulce ya estaba rememorando su primera leche en forma de guarrazo.
Corría el año de gracia del Señor en el que Dulce, con apenas tres añitos, decidió que los severos bancos de roble de la iglesia donde se celebraba la boda de una prima lejana de su madre eran el circuito perfecto para la Fórmula 1 de su hiperactividad infantil. Y así, mientras el párroco desgranaba con contagioso entusiasmo las bondades del fuego eterno, ella desafiaba las leyes de la gravedad y de la liturgia.


—¡Dulce, que te vas a caer y Dios te va a castigar! —profetizó su madre en un susurro con eco, usando el clásico chantaje teológico.


Dicho y hecho. Justo cuando en el altar se elevaba la hostia consagrada, Dulce experimentó su propia y literal elevación, seguida de una repentina pérdida de conocimiento. Un desmayo fulminante, digno de Santa Teresa en pleno éxtasis místico, la estampó contra el frío mármol del pasillo central.
Cuando abrió los ojos, rodeada de las caras de pánico de sus padres y tías, que temían una posesión demoníaca, el veredicto de los invitados a la ceremonia fue unánime: el dedo invisible de la Providencia le había dado un correctivo divino por profanar el templo con sus carreras.
Sin embargo, la Iglesia católica es experta en plantar las semillas de su propia destrucción.
Muchos años y lecturas después, aquella niña descubrió dos verdades fundamentales que arruinaron el supuesto milagro. La primera, de carácter estrictamente médico: lo que la tumbó no fue la ira de Yavé, sino una vulgar lipotimia. La segunda, de carácter filosófico: si Dios realmente existía y dedicaba su valioso tiempo a poner la zancadilla a una niña de tres años por correr, el tipo tenía un sentido del humor bastante retorcido y no merecía la pena en ningún caso.
Ese síncope fue, paradójicamente, su primera iluminación espiritual. La revelación de que los misterios de la fe se explican mejor con un libro de biología que con un catecismo.
Hoy, Dulce muestra con orgullo en su salón el certificado oficial de apostasía, ese glorioso papel que la liberó formalmente de los registros del club de fans del Altísimo. Cada vez que recuerda el día en el que "vio la luz" desmayándose en el pasillo de la iglesia, no puede evitar sonreír con sorna. Al final, su madre tenía razón: aquel día Dios la dejó grogui, pero el golpe la despertó para siempre.
Entre explicaciones de datos económicos agregados, Dulce pasó a recordar que de niña solía pasar mucho tiempo en casa de los vecinos, Rosarito y Mariano; ella, ama de casa, él, policía nacional de los que aún vestían de gris. Con la inocencia de los pocos años, y orgullosa de las marcas de una de sus múltiples batallas contra el suelo, le enseñó a Mariano una costra enorme en la rodilla mientras le explicaba, exagerando el drama, que se había caído y le había dolido tanto que creyó que se había "morío". Lejos de ablandar el corazón de la ley, el agente la fulminó con una mirada inflexible; clavándole unos ojos de un azul tan gélido que ríete tú de los retratos oficiales de Atatürk, y arrestándola verbalmente con un severo: «Se dice muerto, no morío. Que no vuelva a escucharte decir eso». Aquel tierno trauma infantil, cuando la RAE se impuso a la Cruz Roja, gestó su celebérrima alergia a los uniformes, que siempre le provocan un sarpullido de rebeldía, convencida de que cualquier brizna de autoridad sólo busca corregirle la gramática de la vida en vez de soplarle las heridas.
Una caída la llevó a otra, y pronto se vio como una mártir del pedal, desafiando a la muerte en una idílica vía verde con un resfriado digno de una unidad de cuidados intensivos. ¿Por qué estaba allí pedaleando en aquellas circunstancias, apenas capaz de que un hilillo de aire llegara a sus alveolos? Pues porque su encantador novio, poseedor de un doctorado honoris causa en "eso no es nada, eres una exagerada", decidió que un resfriado, si no estaba acompañado por fiebre de 40 grados, no era motivo suficiente para fastidiar su ideal plan de cicloturismo, sobre todo si el resfriado no era suyo, claro. Y es que las mujeres tienen ese superpoder casi místico de ignorar el colapso de sus propios órganos vitales sólo por complacer a sus hombres, demostrar que no son unas "flojas" y mantener una armonía conyugal que podría mandarlas a descansar al cementerio.
Finalmente, la gravedad y la biología ganaron la carrera. Dulce frenó como pudo y se sentó en la cuneta y mientras veía cómo su novio se acercaba, se desmayó a cámara lenta, sin dramatismo pero con convencimiento. No vio ningún túnel de luz blanca, pero se sintió en la gloria, si es que en eso consistía una paz absoluta sin congestión nasal. Por eso, cuando su novio —ahora asustadísimo— logró reanimarla a base de gritos y palmaditas, Dulce no sintió gratitud, sino una furia monumental.


- Dulce, vuelve. ¿Qué te ha pasado,  Cucuruchito?
- ¿Tú qué crees? ¿O piensas que se puede correr el Tour con una pinza en la nariz?
- ¿Pero por qué no me dijiste que de verdad te encontrabas tan mal?
- Vete a la mierda, Berto.


Le molestó soberanamente que la sacara de su placentero desmayo, tan sumamente a gusto se encontraba en ese más allá libre de mocos y de dolores. Regresar a la cruda realidad del resfriado y a la cara de culpa de su novio le pareció un verdadero castigo divino, aunque por entonces ya no creyese en divinidad alguna.
Otra mañana, al abrir los ojos, Dulce descubrió que el mundo se había reducido a una perspectiva fascinante: su cuerpo estaba perfectamente encajado entre el bidé y la bañera y sus ojos bizqueaban de lo cerca que tenían el pie de loza blanca del retrete. Una postura digna de contorsionista, ejecutada a las seis de la mañana en el suelo de un baño de campo, y con el periodo recordándole de forma muy fluida y colorida que la biología no perdona las vacaciones. Había caído a plomo desde la taza del váter, firmando otro glorioso aterrizaje forzoso y una obra tachista en grana sobre lienzo de porcelana.
La culpa de su nuevo idilio con el suelo la tenía el tobillo, que en ese momento lucía como una bota de vino hipertrofiada. El día anterior, dando un paseíto con su mimoso gatito Marty en brazos, una araña de campo con problemas de ira le había clavado los colmillos. Mientras la articulación mutaba de color y triplicaba su tamaño, Dulce aplicó su infalible protocolo médico: mirarse el pie, suspirar con fastidio porque el veneno le afeaba la sandalia, y decidir que ir al médico requería demasiada interacción humana. Total, ¿qué era una infección generalizada comparada con la pereza de buscar un centro de salud rural? Dulce solía tratar los síntomas de su cuerpo como esos términos y condiciones contractuales que todo el mundo acepta sin leer.
Y ahora, con la toxina celebrando una fiesta en su torrente sanguíneo con la anemia menstrual como invitada especial, su cuerpo simplemente había decidido apagarse a lo bestia, como un ordenador viejo. Allí estaba, víctima de su propia e imbatible negligencia, demostrando que ignorar la salud funciona de maravilla... hasta que terminas abrazada a un inodoro.
Su hazaña aerodinámica más reciente había ocurrido mientras caminaba de la mano de Berto, justo al pisar los escalones medievales catedralicios. Aquellos peldaños estaban tan pulidos y desgastados por siglos de implacable pisoteo que, más que piedra secular, parecían una pista de patinaje sobre hielo. El encuentro entre su coxis y la piedra fue un choque tectónico dolorosísimo, un estruendo sordo que resonó en toda su columna y la hizo acreedora de un sufrimiento digno de una mártir de la época moderna.
Con las piernas apuntando directamente hacia el cielo en una perfecta y trágica vertical, Dulce comprendió que la imponente catedral había quedado en un segundo plano. El protagonismo absoluto se lo había ganado su ropa interior, decorada para la ocasión con un estampado de nubes infantiles. Aquellas nubecitas alegres, al verse repentinamente estrujadas por la caída y expuestas al juicio de una decena de turistas con cámara en mano, casi provocan una tormenta de lágrimas de la pura vergüenza. Otra estampa celestial para el recuerdo, sin duda, que dejó de nuevo el listón de su dignidad por los suelos.
Llevaba casi dos horas revisitando caídas memorables de su inestable existencia, cuando la voz del profesor se abrió camino y rompió su ensueño con una última y apropiada referencia:


-No lo olvidéis, los principales factores que provocan la caída del PIB son...


Dulce hubiera jurado en ese momento que escuchaba una risotada de alborozo del mismísimo Pepe Leches, orgulloso de su ojo morado. 


 

Pepe Leches, caídas, golpes
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brestglory

Hace 3 semanas 3 días
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Mi enhorabuena a la escritora y autora de este sitio digital, gracias por compartirnos historietas y sacarnos la sonrisa. 

¡Larga vida al blog! que seguiremos con entusiasmo y expectativa. 

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