—Aleda, como sigas dando vueltas así terminarás abriendo un surco en el suelo. ¿No te habías calmado durante el almuerzo? Siéntate y tómate otro cafelito, tienes tiempo.
—¿Otro café? ¿Más cafeína, Ángel? Ya tengo el corazón a mil, es lo último que necesito. Y deja de fumar un rato, que ya casi no puedo verte.
—Aleda, la nicotina estimula el pensamiento. Deberías probarlo si vas a hacer la tesis doctoral.
—Qué asco. Nunca me voy a acostumbrar. ¿Crees que habrá algún valiente que llegue a prohibirlo y los apestados seáis vosotros en vez de los no fumadores?
—¿Estás loca? Zapatero, a tus zapatos. Deja de intentar arreglarlo todo y ve preparándote, que en un rato te estrenas.
—Estoy tan nerviosa. Pero no he dejado nada a la improvisación, ni voy a permitir que hoy me hagan ninguna pregunta, tal y como me aconsejasteis.
—Pero, Aleda, no deberías haberte tomado eso al pie de la letra, exageramos un poquillo... Eso sí, ten cuidado con los de la gomina y aires de tiburón de Wall Street que buscan convertirse en el próximo Mario Conde. Esos muerden, y la Producción les importa un pito.
—De acuerdo. Deséame suerte, me marcho ya. Y si muero por tabaquismo pasivo, di a mi madre que la quiero mucho y demanda al Rectorado en mi memoria por dejarte fumar delante de mis narices —se despidió Aleda, apretando la carpeta de transparencias y jugando con una tiza entre los dedos.
—Así lo haré —la despidió Ángel burlón, encendiendo otro cigarrillo.
Por el camino, la tiza se le rompió en mil pedazos entre los dedos, y Aleda no se lo tomó como un simple accidente físico consecuencia de la presión que había ejercido sobre la barrita de yeso, sino como un preocupante presagio de lo que podría ocurrir a continuación. Quedaban cuatro minutos para las cuatro de la tarde —al menos la hora aún no era taurina y mantenía la esperanza de no terminar corneada—, y al otro lado de la puerta del Aula B, un murmullo denso, similar al de un panal de abejas inquietas, anunciaba la presencia de más de cien alumnos de Producción de 4° curso de la licenciatura en Empresariales a los que había sido presentada unos días atrás. Más de cien estudiantes armados con folios, bolígrafos multicolores, calculadoras científicas Casio fx-82, miradas de escepticismo, y un detector interno del miedo ajeno que ya quisieran para sí los tiburones blancos. Lo sabía bien porque ella sólo tenía veintitrés años recién cumplidos, había terminado la carrera hacía cuatro meses, y en esa colmena vibrante había varios compañeros con los que se sentaba codo con codo sólo unos meses atrás, cuando ella también ejercía de tiburón.
Tenía un contrato de profesora ayudante con el que ganaba menos que cuidando niños los fines de semana, y aun así no vería un duro hasta muchos meses después. Hasta tendría que pedir un préstamo a su madre para los regalos de Reyes... Podría haber hecho caso a muchos compañeros: optar por Auditoría, comprarse trajes de chaqueta, subirse a unos tacones, e irse a trabajar a Arthur Andersen. Pero sabía que ése no era su mundo —¿cómo se puede ser feliz en ese mundo?—, y decidió especializarse en Producción y dedicar su vida a la Academia —aunque aún no intuía hasta qué punto—, donde aún tendría tanto que aprender, y donde coincidiría con tantas almas gemelas que terminarían siendo su familia elegida. Luego se pasó media vida pensando que, para terminar en la Universidad, bien podría haber estudiado Biología, que era lo que de verdad le gustaba. Pero bueno, tampoco podía haber tanta diferencia: ¡en las dos disciplinas se estudiaban sistemas! Vamos, que quien no se conforma es porque no quiere, y quizá ese era su destino, porque su nombre, nada común en su entorno, era el de una de las pocas mujeres —norteamericana, para más señas, ésta probablemente innecesaria— que destacaban en una disciplina, la Producción/Operaciones, con menos mujeres que el colegio cardenalicio.
Aleda era valiente, pero llegaba al aula aterrorizada y con un cansancio considerable, pues el día anterior había quedado con Curro para irse de farra a la clausura de su Expo. Percibía que la situación era paralizante, pero la verdad era que pocas cosas había que pudieran paralizarla a ella. Y menos, el terror. Quizá pudiera aflojarla un poco —incluidas las piernas—, pero ya había pasado por el servicio cinco veces en la última hora, así que tampoco tenía que preocuparse demasiado por eso. Lo que no hacía más que repetirse una y otra vez era lo que, sus hasta hace poco profesores y ahora compañeros, siempre le decían: que no se preocupara, que ella siempre sabría más de Producción que cualquiera que estuviera sentado enfrente, y que si eso no la tranquilizaba, siguiera un consejo básico, aunque ahora Ángel la hubiera querido convencer de que era una exageración:
—No huelas a miedo, Aleda. Si hueles a miedo, te devoran. Y sobre todo, no dejes que pregunten el primer día. Si preguntan el primer día, estás muerta. Sabrán que no sabes.
Por supuesto, saber esto no la había dejado mucho más tranquila. No porque no lo supiera ya de sus años de estudiante, sino por corroborar que los profesores también eran conscientes y que no tendría escapatoria posible. ¿Cómo evitar que aquellos universitarios de los noventa, y ya en cuarto curso, preguntasen en clase sobre una materia tan interesante, además, como la Producción?
La respuesta de Aleda, madurada durante varias noches de insomnio y juerga, fue matemática y un diseño de ingeniería pura: saturación acústica y la aplicación del japonés Just in Time al discurso hablado. Las dos horas de clase equivalían a un tiempo de ciclo total de ciento veinte minutos. Ciento veinte minutos eran siete mil doscientos segundos. Si, por sus cálculos, necesitaba colocar en el aire en torno a veintiocho mil palabras antes de que finalizara la sesión, tendría que hablar a una velocidad media de aproximadamente cuatro palabras por segundo. Si eliminaba por completo los tiempos muertos, es decir, los silencios, e implementaba un flujo continuo de palabras, tampoco se generaría ninguna oportunidad de que le plantearan ninguna duda y podría dar todo lo programado. Un plan y una clase sin fisuras, es decir: un flujo de información optimizado, sin retrasos, sin desperdicios —porque Aleda no iba a incorporar chistecitos y tontadas varias—, y, por supuesto, sin preguntas.
A las cuatro en punto, abrió la puerta. El aula guardó un silencio relativo, y Aleda caminó hacia la tarima con la rigidez de un operario que avanza por una línea de montaje automatizada. Primer error: no dejó la carpeta en la mesa, sino que la lanzó como un frisbee. Quería proyectar energía y optimización de movimientos, y lo que consiguió fue que su fajo de acetatos, meticulosamente ordenados hasta ese momento, saliera despedido por los aires y se desparramara por el suelo en un caótico mosaico de plástico transparente.
La pobre Aleda se vio inmediatamente gateando para su vergüenza y desesperación, y para solaz y regocijo de los alumnos sentados en las primeras filas, mientras escuchaba las risas de los estudiantes, algunas sordas y otras desvergonzadas, e intentaba adivinar si las transparencias que estaba recogiendo eran sobre la gestión de la capacidad o un borrador de sus peores pesadillas académicas.
Al incorporarse, sintió un sutil pero inconfundible frescor en la zona baja del vientre a través de sus vaqueros bombachos de tiro alto, lo que la obligó a mirar hacia abajo: la bragueta había capitulado por completo ante la presión de los nervios del estreno y el numerito de las transparencias. Aleda tuvo que improvisar un repentino ataque de tos, cruzando los brazos a la altura de la cintura en un intento desesperado por clausurar aquella comprometedora ventanita al rojo pasión de su ropa interior.
Una vez se aseguró de que la cremallera estaba cerrada y de que los acetatos volvían a estar ordenados, preparó el retroproyector. Estaba claro que el tiempo perdido en ordenar el material y en poner en marcha ese artefacto jurásico que rugía como el motor de un camión, haría necesario que hablara aún más deprisa de lo que tenía programado, así que, antes de que el primer alumno pudiera terminar de sacar sus folios, Aleda lanzó una ráfaga vertiginosa con el primer lote de información:
—Buenas tardes. Como sabéis, la Producción no es una disciplina teórica, aunque también: es el motor de la competitividad industrial. Hoy veremos una introducción a la gestión de la capacidad productiva bajo la premisa de que todo retraso es un desperdicio in-to-le-ra-ble —dijo remarcando claramente cada sílaba, y prosiguió sin solución de continuidad:
—Pasemos directamente a definir qué es el lead time o tiempo de entrega o suministro...
En ese momento, sintió un pinchazo en el diafragma: no había tomado suficiente aire antes de comenzar a disparar y acababa de cometer el segundo error, otro error de novata que había generado un cuello de botella en sus propios pulmones. Pero sabía que perder tiempo para tomar aire era para cobardes, para esos débiles que acaban respondiendo preguntas, no para ella.
En la tercera fila, un chico con un jersey de pico y una cazadora vaquera levantó tímidamente la mano derecha. Aleda lo divisó con la mirada periférica y su cerebro activó inmediatamente la alarma de parada de línea: andón en amarillo, incidencia detectada en la estación tres. Su respuesta consistió en incrementar las revoluciones por minuto de su discurso:
—...y, por lo tanto, la capacidad disponible diseñada es la máxima tasa teórica de producción de una operación bajo condiciones ideales, mientras que la capacidad efectiva es la que una empresa espera alcanzar dadas sus limitaciones operativas actuales, debiendo calcular siempre los factores de utilización y eficiencia que relacionan la producción real con la capacidad diseñada y...
Por un momento, pareció que flaqueaba y el discurso se venía abajo, pero la ilusión duró un microsegundo y Aleda continuó con más brío aún, por imposible que pareciera:
—Por ello, es conveniente que, a la hora de comprobar la viabilidad de los planes de producción, la empresa conozca, además de su capacidad disponible en condiciones normales de producción, su capacidad disponible máxima, que sería aquella que puede alcanzar modificando sus condiciones normales de trabajo, pero sin alterar la estructura productiva de la empresa...
Abrumado por la tormenta de sílabas, el chico del jersey de pico bajó la mano, y Aleda anotó mentalmente su pequeña victoria: andón en verde, rendimiento de la línea al cien por cien. Sin embargo, su cuerpo sí parecía estar a punto de comenzar a pasarle factura. La velocidad de su discurso requería un flujo de oxigenación celular que no se estaba produciendo debido a una mala planificación de la capacidad de sus pulmones, y ambos fuelles comenzaban a ser dos pasas arrugadas suplicando clemencia. Además, el labio superior se le empezó a pegar a las encías debido a la sequedad del polvo de la tiza que flotaba en el ambiente, pero salir a beber implicaría otro desperdicio innecesario que penalizaría el tiempo de ciclo.
A las cuatro y cuarenta, el ritmo era insostenible: Aleda ya no razonaba, estaba a un tris de echar el bofe, y reproducía de memoria los apuntes como una cinta de casete a velocidad fast forward. Había entrado en una especie de trance industrial catatónico y hablaba de las distribuciones en planta por producto y por proceso con el mismo tono y velocidad con el que una máquina estampadora troquela chapas de metal a destajo.
De repente, un peligro mayor se dibujó en el horizonte. Una alumna de la última fila se levantó de su asiento y empezó a descender por los escalones del aula. ¿Iba a interrumpir el flujo continuo con alguna pregunta impertinente? ¿Iba a quejarse a los bedeles de que la profesora estaba fallando en el control de calidad? La chica se acercaba y Aleda sintió un sudor frío recorrerle la espalda. En un intento desesperado por evitar que la pudiera interrumpir, apretó los puños contra la mesa y elevó el tono de voz hasta rozar el registro de un silbato para perros, y poner en riesgo los vidrios de los ventanales:
—...porque la distribución celular combina las ventajas de las distribuciones por proceso y por producto organizando máquinas diferentes en familias para fabricar productos con requerimientos de procesamiento similares, lo cual reduce drásticamente el inventario en curso, disminuye los tiempos de preparación, y optimiza el flujo de materiales dentro de la fábrica de una manera que los sistemas tradicionales jamás podrían soñar...
La alumna, a punto de alcanzar la mesa y con evidentes signos de sentirse mareada, pasó de largo, abrió la puerta y salió al pasillo: sólo iba a al servicio a refrescarse para poder seguir semejante disertación sin sufrir un desmayo. Aleda soltó un resoplido involuntario de alivio que sonó como la válvula de escape de una caldera de vapor averiada y el aula entera la miró, levantando las cabezas en perfecta sincronía. Fue otro momento de debilidad en la cadena de producción, y el chico del jersey de pico volvió a levantar la mano, esta vez con un bolígrafo en la otra, como si fuera un estilete preparado para dar el toque de gracia a la productividad académica de Aleda. “No detendrás mi línea de montaje”, pensó ella, con los ojos inyectados en sangre:
—¡Y qué decir del papel de los gráficos de control estadístico de procesos! —gritó Aleda, sobresaltando a los de la primera fila y encadenando ideas con cara de demente. El control de calidad moderno ideado por Shewhart no tolera la variabilidad por causas asignables; los límites de control superior e inferior se calculan a tres desviaciones típicas de la media, y si un punto cae fuera de esos límites el proceso está fuera de control estadístico y hay que detener la fábrica de inmediato para identificar la fuente del error; la calidad no se inspecciona al final del proceso, la calidad se fabrica paso a paso, en cada etapa...
Eran las cinco y diez. Llevaba una hora y diez minutos de monólogo ininterrumpido a máxima capacidad. El cerebro de Aleda empezó a experimentar los efectos de la hipoxia: estaba cada vez más desorientada y ya se había sorprendido un par de veces hablándole a la puerta del aula, mientras que sus labios comenzaban a lucir de un moderno tono azulado. En su creciente confusión, las caras de los estudiantes ya no parecían humanas, se habían convertido en una imagen borrosa de melenas cardadas, hombreras imposibles y expresiones de profundo desconcierto. La mayoría ya había renunciado a tomar apuntes y, en vez de emborronar sus papeles, simplemente la miraban fijamente, fascinados y horrorizados al mismo tiempo, como quien observa una línea de montaje de automóviles circular a trescientos kilómetros por hora.
A las cinco y media comenzaron las alucinaciones, y Aleda vio nítidamente mezclados en su cabeza el JIT, los Juegos Olímpicos de Barcelona, y la letra de una canción de Mecano, y aunque le flipaba la idea de bailar con la Caballé al ritmo de No me enseñen la lección cantada por Freddy Mercury y rodeada de alumnos aplaudiendo, logró mantener el control mediante un esfuerzo de voluntad sobrehumano. Su laringe emitía un silbido agudo cada vez que intentaba introducir un mililitro de oxígeno entre frase y frase: parecía una máquina de vapor del siglo XIX al límite de su resistencia. No obstante, era consciente de que unos segundos de pausa podían ser suficientes para que el del jersey de pico, o una chica de la primera fila que lo anotaba y resaltaba todo con colorines en folios cuadriculados, introdujeran una variable exógena del tipo: “¿Podemos hacer los trabajos en parejas de tres?”. Así que Aleda prefirió sufrir un colapso pulmonar antes que detener la producción de datos para responder absurdidades.
Pero el chico del jersey de pico ya no levantaba la mano y también parecía haber entrado en un estado de catatonia inducida por la gestión de su capacidad de aguante. Aleda vio el éxito del objetivo logrado al alcance de su mano: iba a conseguirlo, llegaría a las seis sin una sola pregunta. Sería la profesora más eficiente de la historia de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Una máquina de inyección de conocimientos libre de defectos. “Diez minutos más”, se autoflageló sin ser muy consciente de lo que significaban diez minutos. “Sólo diez minutos para completar el lote de hoy”.
A las cinco y cincuenta y ocho minutos, Aleda llegó al final de la última hoja de sus apuntes. Estaba a punto de sufrir una ruptura en el stock de información y el silencio amenazaba con desplomarse sobre el aula en los últimos ciento veinte segundos de ciclo. De manera absurda, pensó horrorizada que si se callaba en ese momento los alumnos podrían exigirle explicaciones.
Miró el reloj que colgaba de la pared sobre la pizarra, sin comprender por qué el segundero avanzaba con aquella sádica lentitud y la esfera le dedicaba aquel guiño de ojos con el número dos y le sacaba la lengua con el seis. "¿Qué era aquello, la rebelión de las máquinas?" Con las últimas fuerzas que le quedaban en los pulmones y en un viaje exprés de sesenta segundos, Aleda se atrevió a abordar la teoría de colas y el colapso de los sistemas de servicios:
—...y cuando la tasa de llegada de clientes supera a la tasa de servicio, el sistema se satura y la longitud de la cola tiende al infinito creando un cuello de botella insostenible que destruye el valor de la empresa. Por lo tanto, la optimización de los servidores es la clave para la supervivencia económica. Ea, buenas tardes, el lote de contenido de hoy ha sido entregado según la programación; nos vemos el próximo jueves.
¡CLING!
El minutero alcanzó la vertical exactamente de manera simultánea a su última sílaba. Aleda cerró los ojos y pensó que aquel logro de hacer coincidir su última palabra con el último instante de tiempo disponible era, además de una obra de arte de precisión suiza, el ejemplo perfecto de una excelente gestión de la capacidad. Los alumnos, aún noqueados, no se percataron del alcance de la proeza, y el silencio del aula transmutó al ruido de más de cien libretas cerrándose y calculadoras guardándose en estuches de tela, pero nadie levantó la mano, nadie preguntó fuera de tiempo. Habían quedado tan aturdidos, tan sistemáticamente bombardeados por la optimización del proceso de la profe novata, que salieron del aula en un silencio casi religioso, como si hubieran sobrevivido a un turno doble en una fábrica de montaje.
Aleda esperó a que la planta se vaciara por completo y el último operario saliera por la puerta. Cuando se quedó sola, se dejó caer en la silla como un fardo de harina, tal era la cantidad de polvo blanco que la envolvía desde sus dedos temblorosos hasta la última costura de los vaqueros. Entonces, justo cuando pensaba que no podía pasar un segundo más sin hidratarse y que se debería dedicar a poner más información en los acetatos y menos en la pizarra, la puerta del aula se abrió de nuevo. Era el chico del jersey de pico, que volvía sobre sus pasos. Aleda se quedó rígida en la silla, conteniendo el poco aliento que le quedaba por si finalmente tenía que claudicar y contestar a lo que fuera que picaba la insistente curiosidad de aquel muchacho, y con los dedos cruzados para que fuera algo que pudiera contestar. El alumno, asomando sólo la cabeza y sin llegar a entrar, quiso cobrarse una pequeña venganza por la tortura sufrida:
—Disculpe, señorita Aleda, es que, cuando nos hizo su airosa demostración de lanzamiento olímpico de acetatos, se le cayó una tiza bajo la mesa. Sólo quería decírselo para evitar un desperdicio de material in-to-le-ra-ble. Por cierto, los labios azules no le quedan mal. Hasta el jueves.
La puerta se cerró mientras Aleda sonreía por lo ingenioso y descarado que había sido el joven y localizaba el trozo de tiza en el suelo. Se inclinó, lo recogió y, por primera vez en dos horas, inspiró hondo. Todo el aire de la habitación pareció entrar en sus pulmones de golpe, en un flujo perfectamente equilibrado. Había sobrevivido. Sus compañeros iban a estar muy orgullosos, o eso pensaba ella. El jueves siguiente le tocaba hablar de la gestión de inventarios y los costes de almacenamiento; y ya se temía que tendría que ensayar muy bien cómo decir "lote económico de pedido" en menos de un milisegundo.
De vuelta al despacho, pensaba que al verano siguiente haría un curso de inmersión libre. Acababa de comprobar que era buena en apnea y se había convencido de que no respirar absolutamente nada iba a ser, paradójicamente, el método más saludable de oxigenación para interactuar con Ángel y el resto de la fauna fumadora de la facultad sin comprometer la tersura de sus pulmones y su integridad olfativa. Además, parecía que los labios azules no le quedaban tan mal, ¿no?
Comentarios (2)
Primera clase
B&G (no verificado)
Real o ficcionado, no podría describir mi primera clase. ¡Enhorabuena por el relato de un momento tan significativo! Yo solo recuerdo alguna clase con ataque de risa, y tengo más fresca mi última clase. Espero la siguiente entrega.
Gracias, B&G
Margot
En este hay mucha más ficción que realidad, pero recuerdo como si fuera ayer —qué son 34 años— que no paré de hablar y apenas respiré en dos horas :-)
Creo que el próximo relato, que ya está en el horno, es bastante divertido. Pero no verá la luz hasta noviembre...