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RELATOS DEL LIMBO
El blog de Margot Bemoles

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Cuando el bicho pidió cita y nació una estrella

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Por Margot | 4:21 PM CEST, Sáb Septiembre 05, 2026

Lola, que era cincuentañera recién estrenada, siempre había tenido una salud de hierro. Raramente enfermaba, y mientras otros encadenaban catarros, ella pasaba los inviernos como si le corriera Frenadol por las venas. Tenía un historial médico tan breve que parecía el currículum de un becario; tanto que daba risa:

 

—¿Alergias?

—Ninguna.

—¿Operaciones?

—Paperas con seis años. Grité mucho.

—¿Fuma?

—Por favor, soy de la liga antitabaco.

—¿Bebe?

—Bueno…

—¿Enfermedades crónicas?

—No, no.

—¿Y por qué ha venido?

—A hacerme las uñas, ¿no es aquí?
 

Pero llevaba años trabajando sentada frente al ordenador, y su cuerpo se había resentido. Las contracturas, fruto del trabajo sedentario y de su cabezonería por encorvarse mientras se concentraba, y mientras no se concentraba también, ya eran viejas conocidas.

Hacía más de una década, la primera vez que el cuello se le quedó tieso, el médico le dijo ante la radiografía: Tiene usted las cervicales de una anciana. Y le recomendó que no cogiera peso, que no tendiese la ropa en alto, que no barriera, que no fregase, que no… Inmediatamente pensó que aquel día el médico tenía los noes muy baratos y que a saber por qué creía que ella hacía esas cosas. Hasta ahí todo iba a ser fácil, pero también le aconsejó que se sentara correctamente al trabajar… ¡Otro iluso como aquel otorrino que una vez le pidió que estuviera al menos 15 días sin hablar!

Así que ahora, ya medio centenaria, debía de tener el cuello como la hermana mayor de Matusalén. Aquellas tensiones se habían convertido en parte de su día a día, un recordatorio silencioso de que el cuerpo protesta cuando no se le hace caso. Pero nunca pensó que su chasis le fuera a salir tan tremendamente protestón.

El primer aviso fue en septiembre, días antes de empezar el curso, y la sacó de la cama aullando de dolor. Le quedó un bulto en una costilla y dio la primera clase como una alcayata, pero ni por esas pensó que algo podría ir mal en serio. Ahora recordaba aquel refrán de su abuela que le hacía tanta gracia: “Si no es na lo del ojo, y lo llevaba en la mano”.

Los dolores llegaron como quien no quiere la cosa (de hecho, no la quería): en abril comenzó a cojear, y en julio ya andaba como Fraga en sus peores tiempos y competía con el paso del Sentencia por ver quién caminaba mejor de costero a costero. Fue en ese mes veraniego que disfrutó de unos días en un balneario con tres amigas, confiando en que la ayudaría a relajarse. Una bonita experiencia de sororidad durante la que decidió darse un masaje deportivo que pagó para que una desconocida la tratara como a un trozo de carne a la que intentan ablandar a base de martillazos. Lola se  tumbó en la camilla arrastrando sus intensos dolores, pensando ingenuamente que saldría flotando en una nube de bienestar. Por contra, la masajista se subió a su espalda y usó los codos como un taladro percutor sobre sus hombros y sus lumbares, buscando nudos con la misma obsesión con la que buscaban oro en el lejano Oeste. Lola intentaba gritar, pero de su boca solo salían pequeños gemidos agonizantes, mientras, a cada crujido, la masajista le decía con un entusiasmo psicópata, hundiéndole la caja torácica por debajo de la camilla:
 

—¡Aguanta, que eso es que está saliendo la tensión!

 

Lo que ninguna de las dos sabía en ese momento de puro sadismo es que los huesos de Lola tenían la densidad mineral de un merengue y que el riesgo de fractura era tan alto que un estornudo más fuerte de la cuenta podría haberlos convertido en tiza para la pizarra de sus clases. Cada embestida de la masajista descontracturaba absolutamente nada, simplemente reordenaba su maltrecho andamiaje interno en una nueva y vanguardista configuración anatómica, y suerte tuvo de que cuando le abrió las piernas como si estuviera intentando arrancar un hueso de pollo de la suerte, su fémur no saliera disparado hacia la pared como el corcho de una festiva botella de cava.

Entre risa y risa llegó el día que leyó los resultados de la prueba que la enfrentó con su nueva realidad: no sabía en qué sala estaba, pero su Nostromo carnal portaba un octavo pasajero. En ese momento lloró y lloró, gritó y gritó, y volvió a llorar y llorar; más adelante no tanto, quizá porque de tanto regar su propia pena brotó el ánimo y se secó el aljibe. Y eso que poco después supo que su bicho era indestructible, que no tenía cura, al menos de momento. Pero también que había muchos tratamientos para mantenerlo a raya y que no la iba a mandar al barrio de los quietos a corto plazo. ¿No era una persona con suerte? Pasados unos días, desconcertó a su madre mientras tomaban la tónica vespertina:
 

—Bueno, si tengo cáncer será porque el cáncer quería conocerme.

—¿Cómo que conocerte? —le preguntó su madre.

—Pues, habría oído hablar de mí, ¿no?

—Hija, todo te lo tomas a chufla.

 

Y, claro, el diagnóstico llegó en el momento ideal —tanto como aquél en el que móvil se escurre por esa rendija del sofá que lleva al infierno cuando esperas la llamada de tu vida—, porque no la ingresaron hasta septiembre. Eso permitió que su pareja, Liam, y algunas de sus amigas pasaran un mes de agosto inolvidable. De hecho, fueron las vacaciones de sus vidas, aunque no era lo que habían contratado y no iba a haber reembolso. Los opiáceos, en un cuerpo que lo más fuerte que había ingerido hasta el momento era Couldina, tuvieron efectos muy cómicos, que culminaron con el intento de saltar por la ventana cerrada del dormitorio. También hubo momentos trágicos, como cuando la subieron a la ambulancia con unas crocs de bazar color verde limón y a la vista de un buen puñado de vecinos. Vecinos que, por lo confesado por la del quinto, no daban un duro por ella y pasaron los primeros meses haciendo porras a ver cuánto duraba. El ser humano es maravilloso.

La quincena hospitalizada pudo ser peor, pero también había estado en mejores hoteles. Siempre viendo el lado positivo, ¡echó tan buenos ratos con las muchas visitas que tuvo! Otra cosa fue para Liam, que no había perdido el oremus y hubo de enfrentar más de una situación indeseada, como aquel día en el que un doctor entró en la habitación sin llamar, justo cuando la dignidad de Lola colgaba de un hilo mientras le cambiaban el pañal. Y es que no sólo interrumpió el sagrado y poco glamuroso arte de la higiene hospitalaria, sino que dejó la puerta abierta de par en par, regalándole al pasillo —donde en ese momento se encontraban el de la limpieza, tres enfermeros y un señor que pasaba con un perchero portasueros— una vista panorámica en primera fila que nadie le había pedido. El indignado contraataque de Liam no se hizo esperar, y al día siguiente pegó un folio en la puerta que decía, más o menos:
 

"¡OJO! Señor doctor importante, sí usted: si vuelve a entrar sin llamar o deja la puerta abierta, el próximo pañal sucio se lo guardo en el bolsillo de la bata. Primer y último aviso".
 

Y sí, el doctor importante les hizo saber, entre sorprendido y divertido por la osadía, que se había dado por aludido. Un lince, vamos.

Después de varios días en la cama del hospital, Lola había desarrollado un enjambre capilar tan enmarañado, y con tan pocas probabilidades de ser desenredado, que accedió a que avisaran a su peluquero. Cuando entró en la habitación, quedó tan impactado que por poco pide refuerzos. Ella, con bastante guasa, le dijo que no se asustara, que aquello no era un nuevo estilo de peinado, sino un ecosistema. El peluquero, tijeras en mano y con mirada de héroe trágico, declaró que había visto cosas terribles en su profesión, pero que esto… ¡esto era un final boss! Aun así, se lanzó a la batalla, dispuesto a rescatarla del monstruo capilar con la valentía de quien sabe que, si sale vivo, tendrá algo que contar por muchos años. Y sí, salió vivo y con anécdota, pero también lleno de magulladuras. Otra cosa fue cómo quedó Lola. La melena que la había acompañado durante más de 30 años había desaparecido. Que sí, que estaba guapa, pero así no parecía la leona que era. No obstante, pensó que su rugido seguía intacto, y esa noche tuvo oportunidad de demostrarlo.

Ya había sentido otros dolores fuertes, por ejemplo, cuando tocaba el cambio del pañal, que solía ser una coreografía digna de un musical surrealista: entre el dolor en la cadera, que ella trataba como si fuera de cristal de Murano, y las vueltas de un lado a otro que había que darle, aquello parecía más un ritual de invocación que un procedimiento sanitario. Cada vez que Liam o el auxiliar intentaban moverla un centímetro, ella soltaba un quejido tan dramático que las paredes vibraban, mientras ellos murmuraban instrucciones como si estuvieran desactivando una bomba. El auxiliar, sudando como si estuviera en una prueba de acceso a los TEDAX, repetía “con cuidado, con cuidado”, aunque ya se movían como quien quiere dejar en su cuna a un bebé recién dormido sin despertarlo. Y cuando por fin lograban colocar el pañal, todos se quedaban mirando el resultado con la satisfacción de haber sobrevivido a una misión imposible… y con el temor de que en poco tiempo habría que repetirla..

Aquella noche, sin embargo, fue diferente. El dolor de la cadera era apenas perceptible, pero algo comenzó a ir mal en su pierna derecha. Empezó en modo Despacito y llegó a sentirlo como Angel of Death; lo que no sabía aún era lo que terminaría cantando. Lola pasó de susurrar “ay” a montar un concierto de percusión contra la pared junto a su cama, como si estuviera invocando a los dioses hipocráticos para que bajaran de una vez y, por lo menos, le amputaran el dolor y, de paso, la pierna. Liam, a su lado, vivía mientras tanto su propia odisea emocional: la veía tan mal que se debatía entre llamar a un médico o a un exorcista. Como ya le habían dado todos los calmantes posibles y sólo quedaba esperar a que la tormenta caprichosa del dolor se dignara a marcharse, él intentaba mantener la compostura, sin estar demasiado seguro de su éxito.

La enfermera, mientras Lola gritaba que le cortaran la extremidad rebelde, y con la calma de quien ya había visto caer a demasiados héroes y heroínas combatiendo contra el dolor, sólo añadió que, aunque no podían administrarle nada más y había que dejar pasar el tiempo, había que reconocer que la enferma mostraba un tempo impecable. Presenciando la escena se encontraba también un auxiliar en prácticas que parecía recién salido de la guardería y estar en una clase magistral de caos clínico. Por alguna razón, hicieron las presentaciones, y Lola vino a saber que aquel chico tan simpático era de Utrera.
 

—Yo soy de Utrera.

—¡De Utrera! –exclamó Lola deteniendo el vibrato.

—Sí, tierra de arte, aceitunas, y...

—¡Ay, tú sabes que a mí me encantan Los Centellas y la Voz de Oro de Toni López! –le cortó Lola.

—¡En mi casa lo escuchamos en directo, Toni es vecino de toda la vida!

—Creo que ahora mismo estoy gritando tanto que serviría para hacerle los coros a Toni.

—Pues… si quiere, le hago de segunda voz.

—Tú haz de segunda, de tercera, o de la que haga falta, ¡pero que esta pierna deje de cantar ya La Traviata!

 

Como cierre magistral de aquella situación tragicómica, a Lola —agotada y dopada hasta el límite legal—se le ocurrió que la única forma de sobrellevarla sería cantando a pleno pulmón “El toro enamorao de la luna”. A la enfermera le faltó tiempo para buscarla en el móvil, y cantaron todos juntos: Toni, Lola, Liam, la enfermera y el auxiliar; y no una estrofa tímida, no, la canción entera, porque la tormenta dolorosa tardaba en marcharse. Entre grito y grito, Lola agitaba los brazos como si dirigiera una orquesta imaginaria, y por un momento todos olvidaron el caos, el dolor y hasta los pañales, porque estaban demasiado ocupados intentando no reírse mientras el hospital entero vibraba con el apoteósico final del improvisado musical.

Unas tardes después, su amiga Ivory se vio en la obligación de activar el operativo Micción Profunda. Lola llevaba suficiente tiempo sin hacer pis como para que al médico se le desencajara la cara al escucharlo:

 

—Pues si en un rato no lo ha hecho, hay sonda –dijo ya indiferente ante la nada indiferente cara de Lola.

 

Pero Ivory tenía el Nobel de Amistad y no estaba dispuesta a que su amiga tuviera que pasar por eso si no era necesario y, para suerte de Lola, estaba más que convencida de que no iba a serlo:

 

—Lola, no te preocupes, que no habrá sonda, que aquí estoy yo.

 

"Qué confianza tiene en sus superpoderes. Yo no tengo tanta en mis paupérrimos podercitos. Como siga apretando rompo el pañal pero no meo", pensaba Lola mientras miraba a Ivory con ojos embelesados y ésta ponía en práctica su tratamiento de medicina alternativa: sonido de agua cantarina, masajes circulares en la barriga con la precisión de un chamán, y palabras susurrantes de aliento al oído como si fuera su entrenadora personal:

 

—Tú puedes, Lola, visualiza el río, piensa en la lluvia...
 

Lola no podía creer que su agüita amarilla estuviera tan cerca pero no terminara de salir, y tras una hora de agonía acústica y masajes, el médico entró con cara de pocos amigos y soltó el ultimátum:
 

—En cinco minutos le ponemos la sonda.

 

Fue en esos momentos de brutal presión, mental y vesical, que Lola se dio otro ultimátum: ¡Si no lo haces por ti, hazlo por ella, petarda! Que era otra forma de decirse a sí misma que tenía que empujar, más que con la vejiga, con el corazón; por Ivory, por su paciencia infinita y por el amor tan puro que le regalaba su amistad. Si Ivory no la dejaba caer, ¿quién era ella para caerse?

Y funcionó: el cariño que la sostenía al oído y el empeño de aquellas delicadas manos sobre su vientre obraron el milagro cuando las fuerzas ya no alcanzaban a Lola, que visualizó y sintió el chorrito bajando por fin por la uretra. Aquellas Cataratas del Niágara chocando contra el fondo de la cuña acallaron el río que se escuchaba en el móvil, y fueron un placer inenarrable, también para Ivory. Y en un plis plas comenzaron a cantar a capela, por amor al arte:
 

—A tu vera, siempre a la verita tuya, siempre a la verita tuya, hasta que de amor me muera...
 

Algunos días después, cuando la espera por la ambulancia que la devolvería al hogar calzada de verde limón ya se alargaba por horas, Lola aún sonreía mientras tarareaba mentalmente las canciones de Los Centellas, a pesar de ver cómo sus pies y tobillos se inflamaban por momentos y dudaba del poder de contención de las babuchas de plástico. En la habitación, junto a ella, estaban Liam, que aún se felicitaba por no haber llamado aquella noche al exorcista; su querida y generosa amiga Carmela, facilitando sus movimientos por la habitación en el trono sobre ruedas; y Perejil, el amigo que tenía que estar en todas las salsas y que Lola no entendía por qué se encontraba aún allí... ya se sabe: el niño en el bautizo, la novia en la boda, el muerto en el entierro... Con su mejor voluntad, Perejil le regaló El poder del ahora, pero Lola sólo deseaba que su ahora no fuera demasiado poderoso, y pronto fuera sustituido por un esperanzador futuro. Nunca pudo terminar el libro. Vamos, nunca pudo pasar de unas pocas páginas. Los libros de autoayuda siempre le habían resultado infantiles. Pero infantiles y aburridos, no infantiles y entrañables.

Cuando por fin llegaron a casa, con las piernas de elefante de la enfermita buscando la horizontalidad cuan tramposo futbolista, la cama articulada ya ocupaba el centro del salón, alterando por completo la decoración, pero coronando a Lola como la reina indiscutible de la casa. De eso se ocuparon Dimitri y Edith, dos amigos caribeños que se afanaron por darle una cálida bienvenida a pesar de las circunstancias. Habían seguido las instrucciones recibidas con precisión suiza, pues sabían que la precisión cubana quizá habría provocado que la empresa que la alquilaba hubiera tenido que dejarla medio desmontada en el portal: despejaron el salón quitando el sofá de la pared, recibieron la cama, observaron con ojos de halcón cómo la montaban, y echaron a los montadores tan pronto supieron cómo jugar con el artilugio. Y allí estuvieron esperando por mucho tiempo, tanto como el que pasó Lola junto a Carmela esperando a la ambulancia mientras se le hinchaban los tobillos.
 

—¡Caballero, pues sí que han tardado en traernos a nuestra reina! –dijo Dimitri con su vozarrón en cuanto vio que se abría la puerta.

—¡Ay, mima, qué ganas tenía de que llegases! Está todo como querías, puedes seguir contratándonos –gritó Edith con aquella risa contagiosa que Lola adoraba.

—¡Ea, por fin estáis aquí, voy a por el champán! —bromeó Isabel a medias, porque esa tarde brindaron, aunque sólo fuese con agua.
 

Lola no podía moverse mucho: era capaz de levantar las posaderas y mantenerse en equilibrio entre los hombros y los pies, y su mejor movimiento de evasión era una especie de paso de cangrejo lateral con el que lograba reubicarse a regañadientes entre las sábanas. Esas eran las habilidades que ayudarían a Liam y a Isabel, que les acompañaría esa primera noche en casa, a cambiarle el pañal antes de irse a dormir.

Allí estaban, al lado de la estructura tubular de la cama, como dos mecánicos en boxes ante un motor desconocido, con un pañal que se pasaban de mano en mano y que parecía un paracaídas sin abrir.
 

—Venga ya, alguno tendrá que dar el primer paso —dijo Lola empezando a impacientarse con la indecisión de sus dos enfermeros en prácticas.

—Es verdad, al fin y al cabo, tiene un aspecto muy intuitivo —continuó Isabel, que estuvo a punto de comenzar a poner el nuevo pañal sin quitar el que Lola traía desde el hospital, y que ya parecía una magdalena caída en la taza de café del desayuno.

 

Cautivo y desarmado el viejo pañal, y aseada pero con la dignidad menguada Lola, el dúo estático procedió:
 

—Tranquila, Lola. No puede ser más difícil que montar uno de nuestros muebles de Ikea: tiene alas, tiene adhesivos... ¡es ingeniería básica! —exclamó Liam, desplegando el pañal con un chasquido dramático.
 

—Por favor, os lo ruego, acabad con esto y dejad de mirarme. Me siento como un lenguado en la pescadería.

—Silencio en la sala de operaciones, paciente —ordenó Liam con gravedad, intentando contener la risa nerviosa y los sudores.

 

Lola interpretó su mejor puente, permitiendo que le colocaran el pañal por debajo y dejándose caer después como el Morandi tras la tormenta. Hasta ahí todo fue bien, pero a la hora de pegar los cierres, éstos parecían haber desaparecido. Y tanto, estaban desaparecidos en la espalda, porque habían colocado el pañal al revés. Jaja, jeje, jiji, se rieron los tres, y vuelta a empezar. Una vez colocado a la segunda, jalaron de las tiras adhesivas a cuatro manos, con el entusiasmo de quien precinta una caja de mudanzas. El resultado parecía un híbrido entre un luchador de sumo cojo y un repollo mal envuelto: los dos adhesivos habían quedado pegados a la misma altura de la cadera derecha. La pareja improvisada de auxiliares de clínica se miró con asombro e incredulidad, provocando algo de ansiedad en Lola, y se afanaron en deshacer el nuevo desaguisado. Tuvieron que esperar a que se cumpliera el refrán taurino de que no hay quinto malo, con Lola completamente exhausta tras la sesión de "puenting". Para celebrarlo, dieron una pequeña vuelta al ruedo en el salón y se dedicaron una sonora ovación saludando a la lámpara del techo, y haciendo que Lola casi estrenara el pañal partida de la risa.
 

—Hala, a dormir, Lola, disfruta de tu nueva comodidad absorbente —bromeó Liam, dándole un beso en la frente.

 

En vez de cerrarse, los ojos de Lola brillaron recordando su idilio con Toni López, y así comenzó el espectáculo esta vez:

 

—Yo no maldigo mi suerte, aunque el bicho vino a mí. Y aunque me ronde la muerte, no tengo miedo a morir...

 

Había nacido una estrella.


 

Bicho, cáncer, mieloma múltiple, amistad, Los Centellas
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Comentarios (4)

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Me encanta

Juanito (no verificado)

Hace 1 mes
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Me encanta

  • Respuesta

Gracias

Margot

Hace 1 mes
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A ver, ¿Juanito choquero o bellotero? 😀

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En respuesta a Me encanta por Juanito (no verificado)

Aquel verano

B&G (no verificado)

Hace 3 semanas 2 días
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Aquel fue un verano inolvidable, al que siguieron muchos meses de acompañamiento. Y mirarlo con humor es de grandes estrellas.

  • Respuesta

Gracias, amiga.

Margot

Hace 3 semanas 2 días
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"¿Otra vez estás aquí? ¿Es que no tienes casa?". Como para no tomárselo con humor...

  • Respuesta

En respuesta a Aquel verano por B&G (no verificado)

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